martes 9 de febrero de 2010

Según el crítico de arte John Berger, "el fascismo económico se ha impuesto en el mundo". Me declaro incapaz de entender lo que significa "fascismo económico", aunque intuyo que a este señor lo que le gusta es el "socialismo económico" de Hugo Chávez ("¡exprópiese!"). Toda la vida habíamos hablado de fascismo y socialismo a secas, y ahora resulta que lo decíamos mal. En fin, siempre se aprende algo. (Hoy, que se puede ser crítico de arte y gilipollas.)

lunes 8 de febrero de 2010

La astucia del Poder

Lección magistral de Lorenzo Bernaldo de Quirós sobre la principal amenaza contra el liberalismo. No se trata de cosas que no sepamos, pero es difícil decirlo con mayor propiedad. Transcribo algunos fragmentos, pero por supuesto es obligado leerlo entero:

"En la práctica, el utilitarismo, con diversos matices y en sus diferentes versiones, ha sido uno de los vehículos intelectuales más potentes para liberar al poder de sus ataduras, para conceder a los gobernantes la justificación para aumentar sus atribuciones, para diseñar y ejecutar programas de ingeniería social tanto global como fragmentaria. (...) Ha constituido un factor clave para la aceptación de muchas medidas anti-liberales y también ha servido para debilitar la filosofía legal sobre que sostiene la garantía judicial de las libertades del individuo en la doctrina liberal clásica. (...)

La idea de que el gobierno puede y debe resolver todos los problemas se ha convertido en un movimiento dominante y/o muy influyente. En este ethos intelectual, el ideal del gobierno limitado goza de un frágil apoyo agravado por las mutaciones generadas en el entorno constitucional clásico por el funcionamiento del moderno proceso democrático. Cuando la democracia deja de ser un simple procedimiento para cambiar a los gobernantes sin derramamiento de sangre para transformarse en un medio para conseguir fines concretos mediante el uso de la fuerza, las restricciones a la acción estatal saltan en pedazos. (...)

La división de poderes entre el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial sólo tiene sentido en tanto se entiende la Ley como una norma general. Cuando la normativa constitucional considera a ciertos órganos competentes para emitir leyes dentro de un cierto procedimiento, es claro, que se da por supuesto un concepto previo de la Ley. Sería un abuso político y una corrupción intelectual invertir esa relación y designar como Ley (en sentido formal) todo lo sancionado por los legisladores. En un Estado de Derecho impera la Ley en sentido sustantivo y la actividad de todos los órganos del Estado está sometida a ella. De esta manera, el constitucionalismo liberal pretendía impedir que las instancias con competencia legislativa colocasen su propio imperio en lugar del de la norma general al no distinguirse los mandatos arbitrarios, las medidas y las órdenes administrativas de las “leyes”. En consecuencia, un simple concepto formal de Ley, lo que impone el Legislativo, hace de éste en un poder absoluto y elimina cualquier distinción entre los tres poderes clásicos. Esto supone en definitiva sustituir el absolutismo del monarca por el absolutismo de mil cabezas de los partidos políticos que, en cada momento, se alcen con una mayoría. (...)

Pues bien, en realidad, el ejecutivo y el legislativo constituyen hoy un poder fusionado en la mayoría de los regímenes parlamentarios y esta integración fáctica se ha convertido en un vehículo perfecto para el uso incontrolado del poder a favor de las facciones con mayores incentivos para organizarse y extraer privilegios del gobierno. En este contexto, el poder judicial tiene enormes dificultades para ejercer un contrapeso efectivo a la discrecionalidad ya que como instrumento para interpretar y aplicar la Ley, está sometido a lo considerado como tal por el legislativo. Este esquema institucional ha dinamitado el sistema de garantías de los derechos individuales establecido por el Estado Liberal. Desde esta perspectiva, la extensión y/o la reducción de la libertad individual reposa básicamente en algo tan frágil y tan volátil como el estado de ánimo de la opinión." (Lorenzo Bernaldo de Quirós, Las consecuencias políticas del liberalismo: La declaración de derechos y el debido proceso. 2006)

Si Hegel hablaba de "la astucia de la razón", justo es referirnos a "la astucia del poder", que una y otra vez sabe encontrar la forma de escabullirse de las constricciones que las sociedades han consiguido tejer en determinados periodos históricos para limitarlo. Como dice Bernaldo de Quirós al final del artículo, habrá que encontrar de nuevo la forma de "sacar al zorro del gallinero".

sábado 6 de febrero de 2010

El empedrado del infierno

Los medios de comunicación se abalanzan cada mes sobre las cifras de intención de voto y las valoraciones de los líderes políticos reflejados por el Barómetro de opinión del CIS. En cambio, los datos menos coyunturales sobre las tendencias ideológicas de los españoles no suelen recibir demasiada atención. En la encuesta de enero, a las preguntas 9 y 10 (si califican como "ser de derechas" o "ser de izquierdas" una serie de palabras) los encuestados ofrecen las respuestas siguientes (clic para ampliar):

Más adelante, los resultados de la pregunta 11 ("¿cómo se definiría Ud. en política, según la siguiente clasificación?") se muestran en esta otra tabla:

Un primer vistazo a estos datos parece abonar la extendida tesis de que los españoles tienden más al centroizquierda, independientemente de lo que luego voten. Esto queda perfectamente resumido en los resultados de las preguntas 21 y 22. Cuando se pregunta a la gente a qué partido votaría mañana si se celebrasen elecciones generales, el PP adelanta en 0,7 puntos al PSOE; en cambio, cuando se pregunta por qué partido se siente más simpatía, el PSOE supera al PP en 6,1 puntos. Es decir, aunque en determinados momentos los ciudadanos den más importancia a la eficacia en la gestión, o sencillamente opten por no ir a votar, en la opinión pública predominaría la mentalidad de izquierdas. Prueba de ello, aparentemente, es que las definiciones inequívocamente de izquierdas (socialdemócrata, socialista y comunista) suman el 28,3 % de la población, mientras que las de derechas (conservador y demócrata-cristiano) aglutinan sólo al 20,7 %.

Se podría discutir si los liberales son de derechas o de izquierdas, o ninguna de las dos cosas, pero según los resultados de la otra tabla, más del 40 % de encuestados asocian liberalismo con "ser de izquierdas", y apenas la mitad lo hacen con "ser de derechas". Es más, claramente los términos asociados a la izquierda gozan de mucha mayor aceptación social que los relacionados con la mentalidad opuesta. Así, la derecha evoca conceptos hoy más bien desprestigiados, como tradición, orden, o autoritarismo, mientras que los de igualdad, derechos humanos o libertad individual parecen consustanciales a la izquierda, ateniéndonos al sentir de muchos ciudadanos.

Ahora bien, que los españoles se sientan más cómodos con la etiqueta de izquierdas, no significa que sean de izquierdas. Una cosa es ser de izquierdas y otra muy distinta decir que uno es de izquierdas o centroizquierda, porque es lo que se lleva, o porque no queremos que nos llamen fachas. Lo más verosímil es que la mayoría de la gente comparta una mezcolanza irreflexiva de ideas tanto de derechas como de izquierdas, pero que a la hora de definirse tengan sólo en cuenta estas últimas. Que el 40 % de los encuestados considere el liberalismo como parte de la tradición de la izquierda, cuando las políticas socialistas no se caracterizan precisamente por preconizar la reducción del Estado, es un dato que por sí solo nos lleva a cuestionar lo que la gente entiende por ser de la derecha o la izquierda, más allá de los chistes subnormales de Wyoming. Y qué decir de la adjudicación del nacionalismo a la derecha, cuando Rodríguez Zapatero, que se autodefine como "rojo", ha basado toda su estrategia política en el pacto con el nacionalismo catalán.

A los españoles les gusta decir que son de izquierdas, pero luego quieren disfrutar de todas las ventajas del sistema de libre mercado, incluida la de poder despotricar de él a placer. Quieren mostrarse más "avanzados" que nadie, tolerantes con la homosexualidad y las "otras formas de familia", pero a la hora de la verdad, tanto homosexuales como heterosexuales valoran por encima de todo la familia tradicional constituida por los padres, hijos, hermanos y abuelos...

Si ser de izquierdas se reduce a un catálogo de intenciones (estar "a favor de" los trabajadores, del medio ambiente, etc), y sobre todo se evitan las verdaderas cuestiones (cómo se beneficia realmente a los trabajadores, etc), no es raro que la gente corra al grito de "derechista el último". Una definición tan autocomplaciente como arbitraria hará equivaler "ser de izquierdas" a "ser buena gente", por estúpidas y nocivas que sean las políticas de esa izquierda supuestamente bienintencionada.

miércoles 3 de febrero de 2010

Mi artículo "Las madrasas de la plastilina" en LD


Haced clic en la imagen para leerlo. Me refiero a él también en la entrada anterior.

lunes 1 de febrero de 2010

El pensador Gabilondo

Según el ministro de Educación, uno de los problemas de la enseñanza es que se basa en "modelos un poco rígidos de un señor que habla y otros que escuchan". Claro, eso de aprender escuchando respetuosamente a una persona que sabe más que nosotros es de lo más carca.

Que después de los estragos causados en el sistema educativo por sujetos de la cuerda de Gabilondo, este proclame semejante gansada, que podía sonar "moderna" hace cien años, en boca de un majadero del estilo de Ferrer Guardia, constituye una muestra escalofriante del nivel intelectual de este gobierno. No es que, de Zapatero a Aído, sean incapaces de reconocer el fracaso estrepitoso de las ideas progres, ¡es que creen haberlas descubierto ellos!

Semanario Atlántico publica hoy mi artículo "Las madrasas de la plastilina", que me exime de repetir lo dicho allí.

domingo 31 de enero de 2010

Reivindicación de la moraleja

Hoy he visto una buena película, pero cuyo final me ha decepcionado. No diré de cuál se trata, para no fastidiar a quien no la haya visto. El protagonista es un joven de origen humilde que se ha casado con la hija de un rico hombre de negocios, y se encuentra dividido entre el deseo de mantener su nueva posición social y una relación pasional con otra mujer, una eterna aspirante a actriz (aunque bellísima). La cosa se complica cuando ésta se queda embarazada y le obliga al protagonista a que cumpla su promesa, una y otra vez aplazada, de contárselo todo a su esposa y dejarla. De lo contrario, ella misma lo hará. Ante esta situación, el joven adúltero decide asesinar a la amante, de manera que parezca obra de un ladrón. A partir de este momento, la película entra decididamente en ese género de suspense en el cual no podemos dejar de inquietarnos por la suerte del protagonista, pese a que se trata evidentemente de un auténtico miserable. Asistimos con zozobra a los preparativos del crimen, a su ejecución, a la huida, y en todo momento el director, con genial perversidad, nos hace contener la respiración, como si quienes temieran ser descubiertos, o dejar una pista fatal, fuéramos los espectadores. Vamos, que nos lo pasamos de miedo.

Sin embargo, como digo, el desenlace me ha decepcionado. ¿Por qué? Pues porque al final, por una pirueta del azar, la policía, que había andado cerca de descubrirlo todo y arruinar su vida, le adjudica erróneamente el crimen a un muerto, de manera que el protagonista acaba saliéndose con la suya. "¿Así termina todo?", me he dicho al ver aparecer los títulos de crédito. Luego me he sorprendido un tanto de mi propia reacción, pues en otras películas de argumento similar, en las que el malvado acaba siendo descubierto, una parte de nosotros también se identifica con él y lamenta su fracaso final. Sin embargo, una ulterior reflexión me lleva a pensar que sentimos una mayor satisfacción, pese a la existencia de sentimientos encontrados, por el triunfo de la Justicia. A fin de cuentas, queremos que los malos acaben perdiendo, aunque la magia del cine nos haya hecho en algunos momentos encarnarnos en ellos.

Pero ¿he dicho "queremos" en plural? Se me ocurre que no todo el mundo se habrá sentido decepcionado por el final. Es posible que algunos espectadores hayan suspirado aliviados, y que incluso la ausencia de toda lección moral les parezca un rasgo de genio del director. Desde luego, no soy de los que creen que la misión del arte es transmitir valores morales. Al igual que cualquiera, también disfruto con aquellas películas o novelas en las que un personaje un tanto canalla, pero buen tipo en el fondo, consigue salirse con la suya con métodos poco ortodoxos. Sin embargo, en esta película de la que hablo, el personaje no hace absolutamente ningún mérito para caernos simpático. Todo lo contrario, el espectador desde el primer momento no puede dejar de preguntarse por qué este idiota se complica la vida de esta manera, cuando tiene una mujer encantadora y unos suegros forrados de millones que le aprecian sinceramente. Bien es cierto que al final, al eliminar a la incómoda amante, conserva su familia y su posición, pero si estuvo a punto de perderlo todo no fue más que por culpa suya.

No, decididamente, el final me parece el único error de una película (excelente, por lo demás: el resumen no le hace ninguna justicia) a la que le han faltado unos minutos más, en los que un nuevo e inesperado giro del destino llevara a la policía a llamar a su puerta. Quizás sea que nunca me creí lo del superhombre de Nietzsche.

Por el fin de la (in)justicia progre

Cuando se habla del endurecimiento de penas, me parece que caemos en una trampa, y no me refiero a las cantinela mema de "no hay que legislar en caliente", tan del agrado de la progresía, sino a que el problema no se halla tanto en que las penas de cárcel sean cortas, sino en que es demasiado fácil reducirlas por buena conducta. ¡Cómo diablos no va a tener "buena conducta" un violador en serie encerrado en una cárcel en la cual no tiene acceso a sus víctimas!

Lo que debe reformarse imperativamente es ante todo lo siguiente:

1.- Que los delitos relativamente pequeños (pienso en el robo) reciban sistemáticamente prisión provisional, para lo cual se requiere que no se demore en exceso el juicio. O sea, ordenadores y medios para la Justicia, y cambios legislativos para reducir la discrecionalidad de tanto juez progre. De lo contrario se incita a la reincidencia (¿cómo no va a seguir robando el delincuente, si le sale gratis ("entra por una puerta y sale por la otra")? Encerrando a la gente antes, paradójicamente se podrían lograr unas cárceles menos atestadas, porque conseguiríamos que con menos años de condena (por menor acumulación de penas), se reinsertaran los mismos que ahora, y probablemente más, por el mayor efecto disuasorio que supondría el hecho de que a la primera, te enchironan.

2.- Que las penas de cárcel sólo puedan reducirse en determinados casos, sobradamente justificados, no de manera prácticamente automática.

3.- Que la edad penal se reduzca a los doce años, edad en la que está demostrado que se pueden cometer las peores atrocidades, y en las que uno tiene clara consciencia de la diferencia entre el bien y el mal.

4.- Que se implante la cadena perpetua revisable para delitos como el asesinato. Revisable, para no cerrar la posibilidad de la reinserción; perpetua, para que aquellos tipos de delincuentes que no se pueden reinsertar, no vuelvan a salir a la calle. Y si hay que cambiar la constitución, pues se cambia. De hecho, creo que sería preferible hacerlo, pues el artículo 25.2 (el de la "reeducación" y la "reinserción") es una de las muchas concesiones a la cretinez progre cuyos resultados desastrosos padecemos desde entonces. Las penas de cárcel en primer lugar deben servir para proteger a los ciudadanos honrados, y después y sólo después podemos hablar de reinserción y demás zarandajas.

Evidentemente, la cadena perpetua no impedirá que ciertos tipos de crímenes odiosos sigan produciéndose. Tampoco el código penal evita que haya robos, asesinatos ni violaciones. Pero por lo menos, si la Justicia quiere seguir manteniendo una de sus funciones principales, que es la eliminación de la venganza individual, lo que no puede ser es que los familiares de las víctimas se vean vejados por el sistema hipergarantista y extremoprogre hasta la náusea que padecemos.

sábado 30 de enero de 2010

Prohibido reírse


Una de las características del feminismo es su total carencia de sentido del humor. Un ejemplo reciente han sido las reacciones a un anuncio del ejército austriaco. Se trata de un spot que, irónicamente, invita a los jóvenes a alistarse con el argumento de que con un carro de combate se liga más que con un flamante deportivo, ilustrándolo con la cómica y estereotipada actitud de un grupo de atractivas chicas. Ante las críticas recibidas, el ejército ha retirado el anuncio.

El humor y la ironía son recursos cada vez más empleados por la publicidad. Apelan a la inteligencia y a la complicidad del consumidor, transmitiéndole de alguna manera el mensaje de que "sabemos que tú sabes que nosotros sabemos que sabes que... te queremos vender algo". Sin embargo, las restricciones a los temas o estereotipos de los que uno puede reírse no cesan de aumentar. Y las más frecuentes son las que de alguna manera cuestionan la ideología de género, según la cual la identidad sexual es un pura construcción cultural que sirve para justificar la opresión de las mujeres. Así, que las chicas puedan sentirse atraídas por un joven al volante de un deportivo, o bien es un estereotipo machista, o bien es la consecuencia de la alienación histórica sufrida por el sexo femenino. Una estupidez como un piano, evidentemente, pues cualquier adulto que no quiera ignorar su mera experiencia individual sabe que, efectivamente, los atributos de la posición social juegan un papel asimétrico en las raíces biológicas de la conducta sexual. Dicho claramente, que las mujeres valoran el prestigio, el poder o el dinero de sus compañeros en mayor medida que no al revés. Pero incluso aunque esto no fuera así ¿qué hay de malo en hacer un chiste sobre tan viejo tema? Si legítimo es criticarlo, al menos cuando incurre en el mal gusto, exigir su censura es una clara violación de la libertad de expresión.

Si quienes estamos hartos de la tontuna políticamente correcta exigiéramos la retirada de tantos anuncios, campañas institucionales y pretendidas obras de arte que ofenden a la inteligencia y repugnan al sentido moral, no acabaríamos. Pero es que además, no aspiramos a eso. Esta es la diferencia fundamental entre los comisarios del pensamiento único y quienes estamos hasta la coronilla de comisarios -y de misándricas mal folladas.