domingo 19 de julio de 2009

No hay excusas

El presidente Obama ha pronunciado un interesante discurso ante una organización del lobby negro. En resumen, les ha venido a decir a los negros que dejen de excusarse en la discriminación y en el gueto. Ellos, cada uno de ellos, tienen su destino en sus manos. Y no le falta nada de razón, pero es curioso que sea él quien diga ahora esto, no porque sea negro, sino porque es el presidente más izquierdista que se recuerda en décadas, y este mensaje individualista es la antítesis de lo que viene predicando la izquierda desde siempre.

Como nos viene contando Alberto Acereda en su blog y en su columna en Libertad Digital, Obama, con el pretexto de la crisis económica, se ha embarcado en el intento más serio desde hace mucho tiempo de implantar en Estados Unidos el modelo socialdemócrata europeo, aunque puede acabar siendo mucho peor. Actualmente, el monto de la deuda contraída por la administración equivale a unos 33.300 dólares por cada ciudadano. Pero no parece que el tope se encuentre ahí, si tenemos en cuenta el plan de sanidad pública que propugna la Casa Blanca, y que devorará en burocracia e ineficacia (valga la redundancia) sumas astronómicas.

Es decir, Obama les dice a los negros que no tienen excusas, que deben salir del círculo vicioso de la dependencia y el victimismo, que el gobierno no es su padre ni su madre; y en cambio, para los blancos, o para el conjunto de la población, despliega otro discurso completamente distinto. A los ciudadanos de Estados Unidos les está intentando vender la moto de que el gobierno debe hacerse cargo de su salud y de su educación (¿por qué no de su alimentación y de su vestido?). Que el gobierno debe intervenir (como si antes no lo hiciera) en el sistema financiero, y además en la industria. Que incluso, el gobierno puede reescribir los principios morales, defendiendo el aborto o la experimentación con embriones humanos.

He aquí posiblemente una de las claves por las cuales Obama ha llegado a ser presidente de los Estados Unidos. Tiene múltiples caras, y un día reivindica la historia americana de la lucha contra el fascismo y el comunismo, y otro le hace reverencias lacayunas a un monarca árabe, o pronuncia un discurso idealizando la ocupación musulmana de la Península Ibérica en la Edad Media. Obama, como Zapatero en España, es de esos políticos que se creen capaces de engañar a todo el mundo, diciendo a cada uno lo que quiere oír.

Y el problema, como siempre, es que no escasean quienes están dispuestos a dejarse engañar. No es algo nuevo que muchos americanos quieren ser como los europeos: Que el gobierno les subvencione, les preste servicios “gratuitos” (pagados con los impuestos), les proporcione un puesto de trabajo, elija por ellos el colegio de sus hijos o su médico de cabecera, les prohíba los alimentos supuestamente perjudiciales, les imponga las precauciones que han de tomar al volante y les impida poseer armas para defenderse. Que les “proteja”, en definitiva, de sí mismos.

Por supuesto, quienes albergan estos deseos, no tienen en cuenta, o simplemente desconocen, que en los indicadores socioeconómicos decisivos Estados Unidos siempre ha estado por delante de Europa: Renta per cápita, población activa, productividad, población con estudios superiores, porcentaje del PIB invertido en investigación, fecundidad, etc. Tampoco tienen en cuenta que Europa se ha podido permitir el lujo de invertir menos en armamento, porque cuando las cosas se ponen feas, ahí están esos tontos cow-boys para ensuciarse las manos. Sencillamente, creen que cediendo en libertad individual y en independencia nacional, se puede vivir mejor y afrontar cualquier amenaza presente o futura. Lo cual, aunque no fuera demostradamente falso, es indigno de un ciudadano digno de ese nombre.

viernes 17 de julio de 2009

Error ultraliberal

Según el informe del inspector de la Comunidad de Madrid sobre la trágica muerte de Ryan, los hechos son los siguientes:

En el box donde se encontraba Ryan la tarde del 12 de julio, había otros dos bebés. Los tres eran atendidos por dos enfermeras (identificadas como 2 y 3) y una auxiliar, a las cuales se sumó la Enfermera 1, por decisión de la supervisora de guardia, para que se fuera familiarizando con ese puesto. Su función era simplemente de apoyo, y no debía tener a ningún neonato a su cargo, al menos sin supervisión.

A las nueve de la noche, ingresa en el box un cuarto neonato procedente de otra unidad, al sufrir un agravamiento de su estado de salud. Esta emergencia requiere la colaboración de la Enfermera 3, y también de la Enfermera 2 (responsable de Ryan), la cual solicita además la ayuda de la auxiliar, que se disponía a realizar la nutrición rutinaria de Ryan y otro de los bebés. Entonces, la Enfermera 1 se ofrece a realizar ella misma esta operación.

Hacia las diez y cuarto de esa noche, otra enfermera de guardia, al ir a atender la incubadora de Ryan, después de que una señal acústica la avisara de la finalización de la dosis, descubre que se le ha administrado erróneamente suero por vía parenteral. Inmediatamente avisa al médico de guardia, y durante toda la noche y parte de la mañana del día siguiente, intentan salvar al neonato, sin éxito. El paciente fallece a las 11.30 del 13 de julio.

Siendo esta la exposicón de los hechos, hay una cosa que no me ha quedado clara. La Enfermera 2, que era la “responsable” de Ryan (según el término utilizado por el informe), ¿no debería haber supervisado la actuación de la Enfermera 1 antes de finalizar su turno, máxime sabiendo que era nueva en ese puesto? Sería conveniente conocer cuándo terminó el turno de la Enfermera 2, y cuánto tiempo se halló ocupada con la emergencia del neonato ingresado a las nueve, sin que ello suponga en ningún caso eximir de su propia responsabilidad a la Enfermera 1.

Lo que en cambio sí parece claro es que el error que acabó con la vida de Ryan no se puede achacar a una falta de personal. Dos enfermeras, más una auxiliar y la enfermera directamente responsable del error, que se incorporó procedente de otra unidad de pediatría, parecen más que suficientes para atender cuatro incubadoras, un domingo por la noche.

Bien es verdad que este error no se hubiera producido si las conexiones de las incubadoras para los distintos tipos de alimentación fuesen mecánicamente incompatibles, como se estila en otros hospitales, y recomienda el informe citado en sus conclusiones finales. Pero un error de consecuencias tan graves no se puede excusar con ello, porque es obligación de una persona responsable asegurarse al máximo de lo que está haciendo, y si tiene dudas, solicitar asesoramiento. ¿Tanto hubiera costado preguntar antes qué tipo de alimentación recibía el bebé?

Culpar de esta desgracia a una supuesta "política de desmantelamiento de la sanidad pública" sólo pone de manifiesto que cierta gentuza está dispuesta a las manipulaciones más ruines con tal de dañar políticamente a la presidenta de la Comunidad de Madrid, y lo que es más grave, consolidar sus asquerosos privilegios, generosamente subvencionados, a costa de la prosperidad de todo un país. ¿Error "ultraliberal"? No, error humano, de esos que ocurrirán siempre, tanto en el sector privado como en el público, con la diferencia de que en el primero, además de incentivos morales y de otro tipo, existen poderosos incentivos económicos para no cometerlos.

Esto no es normal

Últimamente pasan cosas raras. Hace unos días, el juez que investiga el accidente del avión de Spanair ocurrido el verano pasado en Barajas, ha impedido que se destruyera una de las piezas del fuselaje del avión. Por lo visto, alguien había tenido la feliz idea de desmontarla y entregársela a Boeing. ¿Ustedes creen que es normal tanta desconfianza? Parece mentira que después de la intrucción modélica del 11-M practicada por Juan del Olmo, haya jueces que todavía no sepan lo que hay que hacer con las pruebas de un atentado, no digamos ya un accidente.

Pero es que esta mañana me enteraba de otra anormalidad. Resulta que en Indonesia se ha cometido una serie de atentados islamistas, tomen nota, no antes de las elecciones de la semana pasada, sino después. ¿Alguien lo entiende? Como todo el mundo sabe, los islamistas normalmente tratan de influir en los resultados electorales. Ahí tenemos los ejemplos de España, de..., bueno, no sigo que me alargo en exceso.

Lo dicho, esto no es normal. Pero seguro que algún normaloico nos dirá que está clarísimo: El juez de Spanair es del PP, seguro, y de los terroristas indonesios tampoco deberíamos fiarnos mucho, la verdad.

jueves 16 de julio de 2009

Antifranquismo con patatas

Enric Olivé Martínez, nacido en el precioso pueblo de Cambrils, en la costa tarraconense, fue condenado a muerte en 1936 por el bando republicano, por el monstruoso delito de pertenecer a la Federació de Joves Cristians de Catalunya. Naturalmente, en cuanto pudo se escapó a Burgos, como hicieron muchos otros catalanes. Más de trescientos militantes de esa organización no tendrían tanta suerte: fueron asesinados por partidarios del Frente Popular, “incontrolados” o no.

En 1952, siendo ya Enric Olivé alcalde de Tarragona, el Ayuntamiento concedió una medalla de oro a Franco, dentro de los actos de inauguración de una nueva infraestructura ferroviaria, que mejoraba notablemente la comunicación de la ciudad. Al entonces ministro de Obras Públicas, conde de Vallellano, se le dedicó también en agradecimiento una parte de la actual Rambla Nova, a la que mucha gente mayor continúa llamando “el Vallellano”.

Cincuenta y siete años después, muchos tarraconenses se muestran preocupados por la pérdida de conexiones ferroviarias que padece su ciudad. La nueva estación para trenes de alta velocidad se ha construido junto a un pequeño pueblo situado a unos diez kilómetros de la capital, con lo cual, viajar a Barcelona en el AVE no sale a cuenta, en comparación con los trenes convencionales que parten de la vieja estación urbana. Y el viajero que llega en alta velocidad desde Lérida, Zaragoza o Madrid, se encuentra literalmente en medio del campo (con impremeditada retranca, la estación se llama Camp de Tarragona), debiendo tomar un autocar o un taxi si quiere llegar a la capital de provincia. Bueno, con la nueva reordenación territorial que pretende implantar la Generalitat, parece que ya no habrá provincia, con lo que ni siquiera está muy claro si Tarragona será al final la capital de algo.

Recientemente, una plataforma de la sociedad civil tarraconense llamada Mou-te per Tarragona (Muévete por Tarragona) ha hecho bandera de la reivindicación del llamado by-pass ferroviario, que permitiría que los trenes de alta velocidad pasen por Tarragona, construyendo para empezar un intercambiador de ancho de vía antes de la cercana población de Vilaseca. El autor de la idea es el ingeniero de caminos Joan Miquel Carrillo, que es además quien nos acaba de poner sobre la pista del trasfondo histórico del asunto.

Sin embargo, la razonable y razonada propuesta de Carrillo fue rechazada en el parlamento autonómico por los mismos partidos que gobiernan el municipio, PSC y ERC, mientras los planes de Fomento, que no contemplan el by-pass, siguen su curso. Ayer mismo conocíamos, además, que este mismo ministerio ha optado por Castellón en lugar de Tarragona, para el trazado de otra infraestructura, la A-68.

Eso sí, la semana pasada, en un pleno del Ayuntamiento que calificaron eufóricamente como “histórico”, PSC y ERC, con el apoyo de CiU, le quitaron a Franco la medalla de oro concedida en 1952. (Ah, creo que no lo he dicho, Enric Olivé Martínez fue en 1980 diputado del parlamento catalán por CiU.)

Por lo visto, las autoridades locales deben haber aguardado a que el juez Garzón obtuviera el certificado de defunción del dictador, fallecido (ahora sí estamos seguros) hace treinta y cuatro años. La prudencia, desde luego, nunca está de más. Supongo que la siguiente demostración de heroísmo será declarar Tarragona, ciudad gay friendly. Sólo habrá que advertir a los gays que piensen en esta encantadora ciudad mediterránea como destino turístico, que venir en tren quizá no sea la mejor opción, pero eso no es problema, que vengan en avión; hay un pequeño aeropuerto cerca. Bien es cierto que está en Reus, pero no lo va a tener todo Tarragona, máxime cuando ha recuperado por fin su medalla de oro. ¿Qué más quiere?

martes 14 de julio de 2009

La religión y el estado

El filósofo Eduardo Robredo, en una de las últimas entradas de su blog, nos muestra una interesante gráfica según la cual, a más estado del bienestar, menor religiosidad.


La gráfica apareció el año 2004 en un artículo científico, que Robredo cita según el uso académico tradicional, pero sin proporcionar ningún enlace: Anthony Gill y Erik Lundsgaarde, “State Welfare Spending and Religiosity: A Cross-National Analysis” , Rationality and Society 16 (4): 399-436. Por suerte, en Google se encuentra en formato PDF (y sin necesidad de subscripción) en medio minuto.

Según sugiere Robredo, el estudio vendría a abonar la tesis de que la religión es una consecuencia del stress y la depauperación, en la línea del análisis marxista. O sea, aunque no llega a expresarlo tan rudamente, da a entender que la religión es una patología que se puede curar con higiene, educación y buenos alimentos. (El caso de Estados Unidos –y el de Uruguay, por razones opuestas– sería una anomalía cuya explicación quedaría, de manera harto significativa, por esclarecer.)

Incluso sin leer el artículo en cuestión, podríamos discutir la validez deductiva de semejante concepción. Que los pobres sean supuestamente más religiosos que los ricos no nos permite afirmar que la religión sea una dolencia. Análogamente, el hecho de que las enfermedades coronarias vayan asociadas estadísticamente al bienestar, no nos lleva a inferir el carácter saludable de aquellas.

Pero es que además, si leemos el artículo, descubrimos que sus autores están lejos de entregarse a las simplistas conclusiones enunciadas por Robredo con esa ligereza a la que ya nos tiene acostumbrados, cuando trata el tema de la religión.

Lo que dichos autores afirman es –cierto– que existe una correlación empírica entre el gasto público per cápita en bienestar social y la disminución de la religiosidad; pero, atentos a la explicación que ensayan.

Las iglesias de las distintas confesiones cristianas, nos dicen Gill y Lundsgaarde, tradicionalmente han venido prestando una serie de servicios sociales, como son educación, ayudas a los pobres, etc, financiadas con las donaciones voluntarias de los fieles. Ahora bien, a medida que se desarrolla el estado-providencia, estos servicios van siendo acaparados por la administración pública, que se financia de manera coactiva, con los impuestos. Es decir, la gente no puede decidir entre financiar a su iglesia o al estado, porque lo segundo es obligatorio. Y naturalmente, la mayoría es reacia a pagar dos veces la misma cosa. Esto no sólo reduce las donaciones dinerarias a las iglesias, sino incluso el tiempo (que también se puede expresar como un coste) dedicado a las prácticas religiosas comunitarias. A la larga, sobre todo en la siguiente generación, esta relajación de la práctica religiosa desemboca en la pérdida del sentimiento religioso.

Dicho claramente, el descenso de la religiosidad no sería tanto una consecuencia del nivel de vida, como el resultado de la “competencia desleal” (o más bien abusona) del estado.

A mí, desde luego, esta hipótesis me parece mucho más fecunda que no el viejo ritornello del “opio del pueblo” al que se apunta Robredo. En cualquier caso, independientemente de cuál sea la más cercana a la verdad, resulta pertinente la mención a Marx en apoyo de su tesis, pero no a Gill y Lundsgaarde, por muy erudito que quede.

lunes 13 de julio de 2009

En qué momento se jodió España: Mea culpa

A riesgo de parecer petulante, el reciente artículo de José María Marco (uno de mis columnistas preferidos) en Libertad Digital, “Vicios regeneracionistas”, me ha parecido una réplica a la frase final de mi entrada anterior, donde yo hablaba de la “profunda decadencia moral y política de España”, aunque por supuesto Marco se refiera en realidad a multitud de escritos o alocuciones de los últimos meses, años, y hasta siglos.

José María Marco plantea la crítica (que ya ha desarrollado por extenso en más de un libro) del regeneracionismo, ese complejo intelectual ibérico consistente en interiorizar la leyenda negra y culpar de todos los males a una supuesta decadencia o peculiaridad española. El artículo termina con estas palabras: “No hay por qué responsabilizar de nuestra impotencia a España. Al revés, lo propio de personas bien educadas es no caer en el vicio de hablar mal de su país. Nunca, en ninguna circunstancia.” Al leerlas, teniendo presentes las recién escritas por mí que cito arriba, mi primera reacción ha sido decirme: “Touché, tiene razón.”

Luego, me he acordado de que ese vicio intelectual no es seguramente exclusivo de los españoles. Pienso en la novela de Mario Vargas Llosa, Conversación en la Catedral, que gira toda ella en torno a la pregunta “en qué momento se jodió el Perú”...

Por cierto, y abro un inciso, vaya coñazo de novela. Ésta y La casa verde, que no pude terminar. Vargas Llosa ha escrito obras inolvidables, como La ciudad y los perros, Pantaleón y las visitadoras –divertidísima– o La fiesta del Chivo, aunque para mí su obra maestra sigue siendo una novela corta, o cuento largo, titulada Los cachorros. Pero me imagino que en su juventud debió pagar el tributo izquierdista de escribir el tipo de novela-coñazo que se diría no tenía otra finalidad que poner a prueba la paciencia del lector burgués. Fin del inciso.

Naturalmente, es grande la tentación de reformular la pregunta en la forma “en qué momento se jodió España”, y millones de españoles responderíamos que aproximadamente a las siete y media de la mañana del 11 de marzo de 2004. Pero el artículo de Marco nos previene contra esta amarga retórica de la impotencia, que sólo sirve para alumbrar falsas soluciones desenfocadas y contraproducentes, algo contra lo que nuestra historia (sobre todo la del primer tercio del siglo XX), debería habernos vacunado hace tiempo. Así pues, quiero corregir el final de mi anterior entrada. Ya no hablaría de decadencia de España, sino de una clase periodística e intelectual que la tiene tomada con España desde hace mucho. Ellos (con las honrosas excepciones) son el problema, no España, que no será la primera vez que sobrevive (esperemos) al donjulianismo.

Y por supuesto, el donjulianismo y el autoodio no son a su vez peculiaridades españolas ni hispánicas, sino un fenómeno evidentísimo de toda la cultura occidental, especialmente desde principios del siglo XX. Así que incluso en eso no podemos ser más típicamente occidentales.

jueves 9 de julio de 2009

El silencio

Recuerdo vagamente una película de Ingmar Bergman titulada 11-M, perdón, El silencio. Aunque han pasado más de veinte años desde que la vi, para mí el sintagma “el silencio” siempre me ha traído a la mente, al menos hasta ahora, aquellos fotogramas en blanco y negro; ni siquiera el reciente anuncio de un fabricante de aire acondicionado ha conseguido desplazar esa asociación mental.

Por eso la noticia de la querella presentada ayer miércoles por la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M contra el ex comisario jefe de los TEDAX, Juan Jesús Sánchez Manzano, me hace pensar también en Ingmar Bergman. Porque el silencio de las ediciones digitales de los grandes rotativos nacionales, a excepción de El Mundo, es atronador. (La edición digital de La Vanguardia es la otra excepción: Pero el laconismo con el que despachan la noticia es en sí mismo tan revelador como el silencio.)

Vamos a ver, una agrupación de víctimas del mayor atentado de la historia de Europa se querella contra uno de los jefes policiales que estuvieron al frente de las investigaciones, acusándolo de omisión del deber de perseguir delitos, de encubrimiento y de falso testimonio. Sin prejuzgar para nada el contenido de la querella, no me negarán que es una noticia para figurar en las primeras páginas de todos los periódicos al día siguiente. Pues no, en Zapaterolandia, las cosas no funcionan así. Cuando asoma mínimamente cualquier indicio que pueda cuestionar la gran mentira en la que se funda este Régimen, sencillamente se ignora, no existe y además jamás ha existido.

¿Quieren mayor prueba de la profunda decadencia moral y política de España que este clamoroso, bergmaniano silencio?

miércoles 8 de julio de 2009

Ratzinger de izquierdas

La nueva encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate, ha sido saludada por algunos como favorable a planteamientos de “izquierdas”. Tiene cierta gracia que quienes acostumbran a abominar del cristianismo a la menor ocasión, no renuncien al mismo tiempo a presentar sus ideas como si fueran perfectamente acordes con el mensaje evangélico. Se me ocurren varias expresiones populares que definen esta clase de oportunismo, pero quizás la que viene más a cuento es aquella que habla de quienes quieren estar en misa y repicando.

Ayer leí la encíclica, y si bien es cierto que hay en ella algunas concesiones (a mi entender, innecesarias y equivocadas) a los tópicos biempensantes contra el mercado (con alguna alusión al “clima”), en su conjunto se trata de un texto serio y profundo que realiza una crítica demoledora de las tesis básicas de la izquierda contemporánea.

Pero empecemos por las concesiones. Autores como el filósofo del derecho Francisco J. Contreras han señalado que la cuestión acerca de cuál es el sistema que beneficia más a los pobres (el libre mercado o el socialismo) sólo se puede responder empíricamente, es decir, es una cuestión de hecho, en la cual el magisterio de la Iglesia no debería entrar. Lamentablemente, los dirigentes eclesiásticos llevan mucho tiempo cayendo en el error de juzgar a estos sistemas no por sus resultados comprobables, sino por sus propagandas respectivas. Error, por cierto, en el que no están solos, pues los acompañan la mayoría de medios de comunicación y de los intelectuales, creyentes y sobre todo no creyentes.

Irónicamente, el gran éxito del socialismo en las mentes tal vez proceda de que, de manera más o menos implícita, ha sabido apropiarse del anhelo evangélico y milenarista de justicia (“bienaventurados los pobres”), mientras que el liberalismo, cuya concepción de la persona entronca de manera inequívoca en el cristianismo, no siempre ha sido lo suficientemente lúcido (al menos después de Adam Smith, que lo tenía clarísimo) para mostrar la íntima conexión entre libertad individual y redención social, pese a que es absolutamente obvia.

Jesús vivió en una sociedad preindustrial, en la cual, como recuerda Max Weber en su obra más conocida, el origen de la riqueza tenía muy poco que ver con el capitalismo, y sí con la connivencia con las estructuras estatales de la época (fenómeno que hoy se sigue dando, y que sigue alimentando el confusionismo interesado de los socialistas). La crítica de Jesús a los ricos, pues, no puede separarse de esta constatación. En el siglo I podía decirse que en verdad, los acaudalados tenían una gran responsabilidad en la enorme pobreza existente, muchas veces incluso directa, en tanto que el Estado les subcontrataba el cobro de los impuestos.

Actualmente, en cambio, la gran mayoría de empresarios, que disfrutan de un nivel de vida muy superior al de un rico de hace dos mil años (¡y lo mismo puede decirse de sus empleados!), contribuyen decisivamente, gracias a la creación de empleo, y al desarrollo de productos cada vez más eficientes y accesibles, a sostener el confortable nivel de vida de la población trabajadora. (Y contribuyen además, junto a los trabajadores, a sostener un costoso aparato estatal, que encima se pone las medallas por las “conquistas sociales”.)

Cuando Benedicto XVI afirma en su encíclica , citando a Pablo VI, que la causa del subdesarrollo reside en “la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos”, creo que en gran medida se equivoca. Es cierto que los países ricos tienen cierta responsabilidad moral en no hacer todo lo que está en su mano para ayudar a los pobres (por ejemplo, levantando los aranceles a los productos agrícolas del Tercer Mundo, como acertadamente señala el Papa más adelante.) Pero en mi opinión partimos de un planteamiento erróneo cuando nos preguntamos por qué hay pobreza, en lugar de por qué hay riqueza, que es lo que hizo Adam Smith en la obra fundacional del liberalismo económico.

La escasez, en su sentido más amplio (falta de alimentos, enfermedades, catástrofes y obstáculos naturales, etc) ha sido siempre algo dado, la situación de partida contra la cual el hombre no ha dejado de luchar desde hace milenios; desde mucho antes, por supuesto, de que existieran clases sociales. La teoría intuitiva de los “vasos comunicantes”, según la cual la riqueza de unos surge a costa de la pobreza de otros, presupone implícitamente que dicha riqueza es una constante diacrónica, algo manifiestamente absurdo, que la historia y la experiencia individual refutan por completo. El marxismo, por cierto, no es más que una formulación de esta superstición en un exitoso –pero desfasado hace tiempo– lenguaje híbrido entre la economía clásica y el hegelianismo.

Sin embargo, dejando de lado alguna otra expresión desafortunada del texto papal, la encíclica Caritas in Veritate, tal como decía antes, de “izquierdas” tiene bien poco. Para empezar, la definición que ofrece del mercado en el capítulo 3 es muy atinada, y ya desde el principio Ratzinger deja clara su posición frente a al “peligro” de los utopismos, al mismo tiempo que, más adelante, considera la globalización como “una gran oportunidad”. Nada que ver, pues, con el lenguaje que despliega el llamado “altermundismo” en las “contracumbres” que celebra periódicamente, con sus extravagantes proclamas anticapitalistas y totalitarias.

Por resumirlo en una frase, Benedicto XVI razona que el mercado no es suficiente para asegurar una sociedad justa, pero la alternativa no es más Estado, sino más sociedad civil y más moralidad. En cierto modo, no es una idea muy alejada del pensamiento de un Hayek, aunque quizá el problema de la doctrina social de la Iglesia sea muchas veces el modo en que la expresa, que da pie a que se perciba como una crítica contra el mercado lo que en realidad puede verse perfectamente como una defensa de las condiciones que lo hacen posible.

Dejando el terreno estrictamente económico (que es el aspecto más débil del texto), la encíclica de Ratzinger, pese a ciertas alusiones esporádicas en la tónica de la retórica medioambientalista al uso, nos obsequia con una rotunda crítica del ecologismo más radical, que concibe la naturaleza como algo intocable, y que por tanto supedita al hombre a ella. “Esta postura –dice– conduce a actitudes neopaganas o de nuevo panteísmo.” Posturas, cabría añadir, que confluyeron en los años veinte en el surgimiento de la ideología nacional-socialista, que no por casualidad fue pionera en las políticas de inspiración “ecologista”, y que tuvo su máxima expresión intelectual en la filosofía de un rector nazi llamado Martin Heidegger.

Este tema nos lleva al que quizá sea el concepto más sugestivo y provocador empleado por Ratzinger, el de “ecología humana” (tomado de su predecesor Juan Pablo II). Por su meridiana claridad, vale la pena citarlo por extenso:

“Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral.”

Estas afirmaciones recuerdan inevitablemente a la campaña provida de la Conferencia Episcopal española, que planteaba la escandalosa contradicción entre la desprotección del feto humano y las leyes de protección a la cría del lince. Mientras por un lado el ecologismo nos conmina a respetar el delicado equilibrio de la naturaleza, por otro parece como si con el ser humano (que es obviamente una parte de la naturaleza) toda clase de experimentos y manipulaciones fueran admisibles.

El pasado domingo, el periódico El Mundo se hacía eco de la noticia de una pareja de lesbianas que iban a ser pronto madres, una proporcionado el útero y la otra un óvulo fecundado anónimamente, celebrando el cronista con ligereza el fin del dicho popular “madre no hay más que una”. Naturalmente, el seudoprogresismo tratará de avergonzar a cualquiera que exprese reparo ante estos experimentos como un insensible que se opone al conmovedor deseo de dos mujeres a ser madres. Pero la pregunta es si tenemos “derecho” a satisfacer cualquier deseo, por “conmovedor” que sea. Ratzinger expone, en unos de los pasajes más interesantes del texto, la profunda relación existente entre derechos y deberes, cuyo olvido es causa y efecto a la vez de “una espiral de exigencias prácticamente ilimitada”, que al final se traduce en una devaluación del propio concepto de derecho humano. Vale la pena citar de nuevo las palabras de Ratzinger:

“Los deberes delimitan los derechos porque remiten a un marco antropológico y ético en cuya verdad se asientan también los derechos y así dejan de ser arbitrarios. Por este motivo, los deberes refuerzan los derechos y reclaman que se los defienda y promueva como un compromiso al servicio del bien. En cambio, si los derechos del hombre se fundamentan sólo en las deliberaciones de una asamblea de ciudadanos, pueden ser cambiados en cualquier momento y, consiguientemente, se relaja en la conciencia común el deber de respetarlos y tratar de conseguirlos.”

Sólo si se admite una verdad moral universal no reducible al mero convencionalismo, se puede justificar la limitación del poder político, sea cual sea su fuente de legitimación. Este es el legado del cristianismo a nuestra civilización, y esto es lo que la izquierda está empeñada en destruir desde hace mucho tiempo. Así que los progres pueden volver como de costumbre a decir pestes de Joseph Ratzinger, con total tranqulidad: Decididamente, no es uno de los suyos.