Los materialistas y los locos no saben dudar. (G. K. Chesterton)

sábado, 19 de mayo de 2012

Novedad editorial: Contra la izquierda

Permitidme un poco de autobombo. A finales de este mes por fin se publica el primer libro de Carlos López Díaz (servidor), un alegato implacable contra la izquierda, que molestará a los progres ya desde el título (o eso espero). Editado por una prestigiosa editorial del ámbito liberal, y prologado por uno de los grandes pensadores liberal-conservadores que tenemos en España, este libro surge de una reelaboración de textos míos de los últimos cuatro años (no una mera selección), refundidos con otros completamente inéditos. El conjunto es una obra creo que original, y hasta me atrevo a decir que necesaria, aunque las ideas que hallaréis en él manen de fuentes bien conocidas.

Contra cierta tentación de situarse por encima del bien y del mal (quiero decir, por encima de la izquierda y la derecha), hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que una de las tareas más imprescindibles es acabar con la mitología de la izquierda. Derrotarla intelectualmente. Sólo si lográramos esto, sería aquella pretensión sincera. La metáfora bélica no es descuidada. Estamos inmersos desde hace más de un siglo en una batalla ideológica en la cual está en juego el destino de nuestra civilización, nada menos. Alguno ha hablado incluso con más contundencia de "guerra civil occidental".

Mi libro, más allá de valoraciones, es una de tantas incursiones individuales en este campo de batalla de las ideas. Próximamente enlazaré los sitios de venta y estaré en la Feria del Libro para firmar ejemplares, si Dios quiere.

Carlos López Díaz, Contra la izquierda. Escritos liberal-conservadores, prólogo de Francisco José Contreras, Unión Editorial, 2012.

sábado, 5 de mayo de 2012

Las siete diferencias

Imaginemos una persona que acaba de llegar a España y no conoce nuestra prensa de papel. No sería nada difícil ilustrarle sobre las diferentes líneas editoriales de cada periódico, simplemente con una rápida ojeada a las portadas de un kiosko, un día cualquiera. Pero de vez en cuando, esas diferencias saltan a la vista de una manera especialmente significativa. Así ocurre este sábado con las portadas de los dos principales diarios nacionales por tirada, que son El País y El Mundo.


Para este, el titular principal hace referencia al debate, más candente que nunca, sobre el modelo de Estado autonómico. Por su parte, El País opta por dar primacía al siguiente titular:

ETA ofrece al Gobierno el inicio de contactos para hablar de desarme

 También El Mundo lo trata en portada, pero de manera menos destacada, y en los siguientes términos:

ETA ofrece el "desarme" si el Gobierno "desmilitariza" el País Vasco

Ignoro qué se estudia en las facultades de periodismo. Tengo una vaga idea, quizás prejuiciosa, de que adoctrinan a los estudiantes en algo así como que no existe eso que se llama la verdad objetiva, que los hechos no existen, que todo son interpretaciones, etc. Desde luego, como descripción de la ideología latente en la mayoría de redacciones, esto es difícilmente discutible. Si El País actúa como el boletín oficioso del PSOE, con espacio cedido para que Rubalcaba escriba incluso sobre la victoria liguera del Real Madrid, el caso de La Razón (la portada de hoy sábado debería ruborizar hasta al más pepero) es realmente un ejemplo penoso de servilismo político.

Sin embargo, cualquier persona que no haya sucumbido con armas y bagajes al relativismo total tiene que seguir creyendo en una verdad objetiva, por inalcanzable que sea, o por prostituida que esté la profesión periodística (que me perdonen las honorables excepciones entre sus miembros, que las hay). Y los titulares transcritos nos ofrecen un ejemplo digno de estas dos filosofías antagónicas, el realismo (la realidad existe independientemente de nuestras percepciones y prejuicios) y el idealismo (la realidad es nuestra construcción, y nada más).

El País no informa de un hecho, sino que directamente nos ofrece su interpretación. ETA "ofrece", ETA desea hablar de desarme. Por utilizar una de esas muletillas de que tanto se abusa en el estilo periodístico, "la pelota la tiene ahora el Gobierno". Eso es lo que se desprende instantáneamente de un titular como este. La responsabilidad de que haya paz recae no en los terroristas, sino en el ejecutivo del PP. Por el contrario, el titular de El Mundo nos informa, mediante los entrecomillados, de lo que realmente ha dicho ETA, y es que está dispuesta al desarme si el gobierno retira al ejército y a las fuerzas policiales del País Vasco, equiparando a los criminales con las fuerzas del orden. Es decir, un discurso no muy desemejante del que ha servido para justificar décadas de asesinatos y extorsiones.

Podemos ir mucho más allá de la lección de periodismo. Aquí la cuestión de fondo es la diferente actitud ante el terrorismo de las ideologías de izquierda y de derecha. Mientras la primera comparte (matices más o menos hipócritas aparte) el lenguaje de los terroristas que hablan de "conflicto", la segunda entiende que los terroristas no son más que una variante de criminales, que deben ser puestos a disposición de la Justicia y nada más.

Otra cosa es que la clase política esté a la altura de lo que se espera de ella, pero la demarcación ideológica no ofrece dudas. La derecha cree en el derecho (el juego de palabras es involuntario, aunque etimológicamente revelador), mientras que la izquierda, en lo más profundo de su alma, no ha creído nunca en él, siempre lo ha considerado una "superestructura de la clase dominante", antes y después de que Marx lo formulara con estas palabras. Por sus titulares los conoceréis.

martes, 1 de mayo de 2012

La fiesta de los trabajadores por cuenta ajena

El 1 de mayo es la fiesta de los trabajadores. Pero no de cualquier trabajador. La dueña del bar, el taxista, la peluquera, difícilmente se manifestarán por sus derechos laborales, porque no están muy seguros de tenerlos. Y no será porque no madruguen y no trabajen, y mucho. Pero por alguna razón, cuando se habla de los trabajadores, implícitamente parece que nos referimos solo al trabajador por cuenta ajena, al asalariado. Y preferiblemente al del sector secundario.

En España hay 17,8 millones de personas ocupadas. Y según se desprende del directorio información-empresas.com, existen más de 4 millones de empresas, desde Juan Pérez García (taxista), hasta El Corte Inglés (con cerca de cien mil empleados). Hagan la cuenta, la media de trabajadores por empresa es de poco más de cuatro. Pero por alguna razón, parece que son más trabajadores (en sentido nominal) los empleados de la gran industria que los camareros, los dependientes del comercio o el fontanero autónomo. Y es que, claro, de mil en mil siempre se tiene más fuerza.

Los trabajadores de la industria tienen derecho a defender sus intereses. Pero por alguna razón, los llaman derechos, y pretenden que representan a todos los trabajadores, elevados prácticamente a categoría metafísica.

Por alguna razón, alguien estableció un día el 1 de mayo como la fiesta del trabajo. Ese mismo día de 1886 se inició una huelga en Chicago que se saldó con decenas de muertos en enfrentamientos con la policía y con la muerte en la horca de cuatro obreros anarquistas (y uno más que se suicidó antes de la ejecución de la sentencia). No se acostumbra a entrar en detalles sobre los graves disturbios que se produjeron durante esas jornadas de huelga, entre ellos la muerte de siete policías por la explosión de una bomba, que además causó graves heridas a otros cincuenta agentes. Ni de que en la redacción del Arbeiter Zeitung se descubrió "cierta cantidad de dinamitas y de armas" (La Vanguardia del 8 de mayo de 1886).

Sí, posiblemente el juicio estuvo plagado de irregularidades. Puede que los condenados fueran inocentes y que la prensa de la época, "de San Francisco a Nueva York", influyera en la opinión pública poniendo "todas las mañanas sobre la mesa de almorzar, la imagen de los policías despedazados (...); sus hogares desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas" (José Martí). Pero desde el propio relato de Martí hasta hoy, la versión profusamente difundida durante más de un siglo ha sido la del imaginario obrero, con exclusión de cualquier otra.

Por alguna razón, se reivindican los intereses (perdón, derechos) solo de una clase, de una parte de los trabajadores; y por alguna razón se conmemora la muerte de cinco agitadores izquierdistas, pero no las de siete trabajadores del orden público.

Comprenderán que, por alguna razón, muchos no encontremos nada que celebrar el día 1 de mayo.

sábado, 21 de abril de 2012

Puestos a ser cínicos

Carlos Iaquinandi Castro, presidente del Centro Latinoamericano de Reus (Tarragona), en un breve artículo titulado "El control de los recursos propios", defiende la expropiación de YPF a manos del gobierno argentino, con argumentario de la paleoizquierda tercermundista. (Lo leí en la versión impresa del Diari de Tarragona del 18 de abril.)

Hasta aquí, no se pierden nada. Lo que me ha llamado la atención es la frase con la que arranca la pieza, que dice así:

"La lógica de la empresa privada es la ganancia. El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos."

Es entrañable la capacidad de desdoblamiento de personalidad que tiene la izquierda. Por un lado, sus acólitos son capaces de manifestar el mayor escepticismo, una visión cínicamente desengañada de la vida y de la sociedad, propia de hombres de mundo escarmentados por los muchos palos recibidos. Como en el tango, "el mundo fue y será una porquería", etc. Pero por otro lado, atesoran en su interior, presto a sacarlo a relucir, la mayor de las ingenuidades, el idealismo más rayano en el lirismo multicolor: "El objetivo de un gobierno es mejorar las condiciones..." ¡Qué enternecedor!

La pregunta, claro, es la siguiente: ¿Cómo saber cuando toca idealismo y cuando toca escepticismo? Porque en principio, parecería más coherente ser escéptico o ingenuo siempre, con la misma vara de medir, no las dos cosas a la vez o alternativamente. Si decimos que los gobiernos están para mejorar la vida de la gente, lo justo y equilibrado es decir que las empresas también, puesto que crean puestos de trabajo que son -con gran diferencia- el principal instrumento de distribución de la riqueza. Además, gracias a la competitividad generada por el mercado libre, se reducen progresivamente los costes de numerosos bienes de consumo, medidos en términos de poder adquisitivo. Los ciudadanos del 2012 viven mejor que los de 1992 gracias a las empresas, a los puestos de trabajo que han creado, y a las mejoras productivas que han introducido en estos últimos veinte años (no hablemos de los últimos treinta, cuarenta, etc). Y tampoco lo olvidemos: gracias a los impuestos que han pagado.

En sectores como la sanidad, la educación o las pensiones, donde el sector público tiene una presencia dominante, sencillamente no nos han dejado comprobar cómo hubiera funcionado el mercado. El Estado ha impuesto su modelo, y nos ha dicho que en consecuencia debemos estarle agradecidos. Y efectivamente, una mayoría de la población ha desarrollado un claro síndrome de Estocolmo ante quien le ha educado, le ha sanado y subsidiado durante décadas, sin posible término de comparación.

El izquierdista impenitente concederá, tal vez, que los empresarios crean puestos de trabajo, pero que esa no es su verdadera motivación, la cual se reduce al mero afán de lucro. Aquí cierto liberalismo autosuficiente  e ideológico (a lo Ayn Rand, para entendernos)  nos dirá que eso no importa en absoluto, que lo decisivo es lo que obtenemos gracias al egoísmo de los agentes económicos, tantos empresarios como consumidores, optimizando todos el aprovechamiento de las recursos en la búsqueda de sus intereses individuales. Personalmente, estoy en desacuerdo con esta afirmación. Creo que sin unos cimientos morales, previos al liberalismo económico en sentido teórico estricto, el mercado no funciona a la manera idílica que nos describen los tratados de economía. Por supuesto que un empresario busca la ganancia, pero simplificamos burdamente su psicología si no tenemos en cuenta sus ilusiones por un proyecto, por un producto y, sí, también su compromiso con sus empleados, con los que llega a estrechar con frecuencia vínculos que van más allá de lo meramente contractual.

Pero si todo esto le parece muy edulcorado al progre que solo ve en un empresario a un explotador, pues bien, juguemos a ser cínicos. Las empresas solo persiguen la ganancia, pisoteando a quien sea con tal de obtenerla... Y los gobiernos solo buscan el poder, su única ambición es mandar, controlar, inmiscuirse en la vida de la gente, allanando todos los obstáculos jurídicos, institucionales y por supuesto morales que se les oponen. Puestos a ser escépticos y desilusionados, seámoslo hasta las últimas consecuencias, no según nuestra conveniencia o nuestras simpatías.

lunes, 16 de abril de 2012

La cleptocracia argentina

El mes pasado, el congreso argentino contrató a Baltasar Garzón (condenado en España por practicar escuchas de abogados defensores) como asesor de derechos humanos. En aquella ocasión, la presidenta Cristina Fernández afirmó que los derechos humanos "son uno de nuestros puntales como proyecto de país". Dos cosas quedan claras. La primera, que para los diputados argentinos no debe existir el derecho a la defensa judicial. La segunda, que para Fernández tampoco debe existir el derecho de propiedad, dado que acaba de expropiar la mayoría de las acciones de YPF. ¿Qué derechos, pues, quedan incólumes para los legisladores y los gobernantes de Argentina? La respuesta más ajustada a la realidad, a la luz de la experiencia pasada, sería aproximadamente esta: Los que a ellos les vengan en gana. Hay que reconocer que se trata de un criterio que evita numerosas complejidades filosóficas, aunque al mismo tiempo no resulta demasiado tranquilizador. Pero al menos, deja bien a las claras una tercera cosa: Que invertir en Argentina es un acto de temeridad comparable a invertir en territorio de la Camorra o la Ndrangheta. En realidad, peor, puesto que un gobierno como el de Argentina disfruta de medios y recursos superiores a los de cualquier organización criminal.

Ahora bien, cuando un Salvador Allende, autor de varias nacionalizaciones, continúa siendo un icono de la izquierda, no puede extrañarnos demasiado que existan gobiernos a los que robar en masa les confiera una gran popularidad. Seguramente la de Cristina Fernández aumentará estos días en su país. Y encima tendrá la suerte de que no se producirá un golpe de Estado como el que acabó con Allende en 1973. Nadie desea para Argentina un régimen como el de Pinochet. Pero lo cierto es que la renta per cápita chilena es hoy un 50 % superior a la argentina. Que la esperanza de vida chilena es superior en casi cuatro años en los varones, y en 1,5 en las mujeres. Y que la tasa bruta de mortalidad argentina es un 30 % superior a la chilena. Ah, y casualmente, Chile disfruta de 26 puntos más en el Índice de Libertad Económica. (Y 8,2 puntos más que España. Datos del anuario de The Economist, El mundo en cifras, ed. 2010.)

Naturalmente, nada jode más a los argentinos que los comparen desfavorablemente con sus vecinos occidentales, los de ese país dominado por el "neoliberalismo salvaje". Por eso precisamente hay que hacerlo. En Chile hubiera sido impensable el atraco perpetrado en Argentina contra intereses españoles, o de quien sean. Razón por la cual las diferencias económicas, y en los índices de nivel de vida, continuarán agrandándose entre los dos países, y no precisamente a favor del que goza de un mayor territorio y riquezas naturales más abundantes. Pues nada, continúen votando al peronismo, huevudos. (Y empresarios españoles, continúen invirtiendo en Argentina...)

domingo, 15 de abril de 2012

Juancarlator

El debate entre partidarios de la república y la monarquía siempre me ha parecido bizantino. En el mundo, la inmensa mayoría de países gozan, o padecen, de sistemas políticos republicanos, sean democráticos, dictatoriales o una cosa intermedia. La república no es garantía de nada, como no lo es tampoco, por cierto, la monarquía. Bien es verdad que una jefatura de Estado hereditaria resulta chirriante para la sensibilidad democrática. Pero a quienes nos preocupa más la limitación del poder político que las teorías sobre su legitimidad, las monarquías honoríficas de tipo europeo tienen también sus virtudes. Al mantener separada la jefatura del Estado, con toda su carga simbólica, del gobierno, de algún modo rebajamos la concentración de poder que pueda tener un primer ministro. En teoría esto vale para repúblicas del tipo de Alemania o Italia, pero precisamente porque allí la figura del Jefe de Estado es casi irrelevante en el plano simbólico, además de en cualquier otro, difícilmente puede cumplir la función equilibradora de un monarca hereditario... O de un presidente elegido por sufragio universal, como en Francia o Estados Unidos. Ahora bien, al sustraer al monarca del principio democrático, de alguna manera contrarrestamos también las tendencias despóticas que anidan en toda democracia, tal como vio Tocqueville. Esta función de contrapeso está muy atenuada por el hecho de que las monarquías parlamentarias prácticamente han eliminado cualquier rastro de competencia ejecutiva de sus monarcas, pero con todo, sobrevive en esto que de manera un tanto torpe y sumaria denomino plano simbólico.

Hecha esta aclaración previa de mi posición, me disculparán si paso a un tono más distendido. Porque una cosa es el debate monarquía o república, en el cual no entro porque me parece que no tiene una respuesta absoluta e inamovible, y otra muy distinta es el debate sobre un rey concreto, sobre Juan Carlos. Siempre se había dicho que los españoles éramos más juancarlistas que monárquicos. Nunca he sido ni una cosa ni otra, aunque menos todavía republicano, en el caso de España. Los breves paréntesis republicanos que ha conocido nuestra nación han sido una bufonada grotesca el primero, y una tragedia sangrienta el segundo. Enarbolar hoy la bandera republicana, esa con la banda inferior descolorida, me parece una de las muchas variantes de la estupidez política. Y que se ofenda el que quiera.

Sin embargo, salir hoy en defensa, no tanto de la monarquía como de Juan Carlos, sencillamente es una temeridad o una involuntaria autoparodia. Acabo de leer lo que ha escrito Salvador Sostres en su genial blog Guantánamo, con el que casi siempre estoy de acuerdo, principalmente en las cuestiones de fondo. Por supuesto que a Sostres le encanta provocar, y que su estilo muchas veces grandilocuente está deliberadamente concebido para sacudir a tantos espíritus sumidos en la mediocridad. Cuando habla por ejemplo de la Iglesia y del catolicismo, mientras que a muchos les parecerá ridículo y anacrónico, a mí me provoca una profunda corriente de simpatía y admiración. ¡Bravo por quien en nuestros días se atreve a defender sus creencias sin medias tintas, sin concesiones al relativismo imperante!

Ahora bien, los ditirambos dedicados a Juan Carlos, como encarnación de la institución monárquica, son dignos de mejor causa. Porque, qué quieren que les diga, un rey que a sus años se va a cazar elefantes a Botsuana y se rompe la cadera al caer por las escaleras, difícilmente evoca sentimientos de grandeza. ¿Cuántas operaciones, cuántas prótesis lleva ya el hombre? Pase que los medios de comunicación se mantengan pudorosos sobre las causas de tantos accidentes deportivos y domésticos. Pase que nadie ose expresar en público que a lo mejor una conducta más sobria habría evitado algunos de estos accidentes. Pero que encima hagamos el elogio de un hombre que se pasa todos los días en cacerías, esquiando y practicando no sé cuántos deportes más, actividades que consumen prácticamente todo el tiempo, incluso de una persona que tiene tanto, ya es pedir demasiado. Dudo que un señor con una vida tan agitada haya tenido el sosiego para leerse un libro en toda su vida, o que se pueda mantener con él una conversación larga sobre algún tema trascendente, que no verse de coches o de caza. Me dirán que un rey, un estadista, no tiene por que ser un intelectual, y me apresuro a mostrarme de acuerdo. Pero no me pidan que pese a ello lo admire. España ha tenido en su larga historia reyes sabios y cultivados, que seguramente además encontraban tiempo para la caza y las aventuras galantes. Juan Carlos (me gustaría equivocarme) no pertenece a esta tipología. Su vida está llena de una intensa, frenética actividad deportiva, como si huyera de un profundo y desolador vacío interior.

martes, 10 de abril de 2012

La caza del políticamente incorrecto

Mario Vargas Llosa ha escrito un artículo titulado "La caza del gay", movido por una loable indignación. El hecho que desencadena su reflexión es el brutal asesinato de un joven homosexual, acaecido en Santiago de Chile, a manos de unos supuestos neonazis. Digo supuestos, porque el propio escritor deja entrever que esos bárbaros asesinos posiblemente utilizan la estética neonazi como pudieran utilizar cualquier otra, a fin de adornar su necia y pervertida forma de divertirse.

Sin embargo, más allá de la buena intención del gran escritor peruano, y como suele ser ya habitual en este tipo de piezas de denuncia, en el artículo se deslizan dos supuestos muy discutibles. El primero es que la causa de este tipo de crímenes (las agresiones contra homosexuales) hay que buscarla en una extendida homofobia que "se enseña en las escuelas, se contagia en el seno de las familias, se predica en los púlpitos, se difunde en los medios de comunicación, aparece en los discursos de políticos, en los programas de radio y televisión y en las comedias teatrales". El segundo supuesto es que, quien de verdad esté contra las sevicias y atentados contra las personas homosexuales, debe estar consecuentemente a favor del matrimonio homosexual, y de la adopción de niños por gays, lesbianas y transexuales.

El primer supuesto es una de las variantes de la falacia sociologista, que consiste en responsabilizar a la sociedad de conductas individuales. Si un tarado entra en un edificio público y empieza a pegar tiros indiscriminadamente, porque lo han despedido del trabajo, los medios de comunicación convencionales se explayarán hasta la sociedad sobre la "cultura de la violencia" que existe en nuestra sociedad. Si la matanza se produce en Estados Unidos, no duden que volverán por enésima vez a criticar la libertad de posesión de armas, caricaturizando a los miembros de la NRA como unos vaqueros chiflados. Y en cualquier caso no faltarán los mentecatos que deplorarán la proliferación de videojuegos belicistas y hasta clamarán contra la obsesión por la "competitividad" que domina las sociedades occidentales. Todo con el resultado de escamotear la ineludible, la única culpabilidad que existe, que es la individual. La de quien desprecia la vida del prójimo, sea cual sea el pretexto que enarbole.

Cuestión aparte es si realmente está tan extendida esa homofobia radical de la que habla Vargas Llosa; o mejor dicho, a qué llamamos homofobia. El artículo sugiere que dentro de esta actitud se incluiría un amplio espectro de conductas, desde los chistes de maricas hasta los casos más lacerantes de discriminación. En su relato Los cachorros, Vargas Llosa nos narraba la historia de un joven accidentalmente castrado desde la infancia. Se trata de una pieza literariamente magistral, que entre otras cosas, retrata insuperablemente la crueldad, muchas veces torpemente involuntaria, con la cual el entorno trata a menudo al que es diferente, forzándole a ocultar esa diferencia. Sin embargo, más allá de interpretaciones en el fondo triviales, para las cuales la castración física del protagonista es un símbolo de la castración moral de una sociedad alienante y bla, bla, bla (que seguramente el Vargas Llosa izquierdista de la época, aprobaría) hay un hecho insoslayable. Y es que el protagonista tiene un problema físico real, que le impide llevar una vida sexual normal. Por muy exquisitamente, por muy inteligentemente que su familia, amigos y educadores hubieran gestionado la situación, el problema no hubiera desaparecido.

Por supuesto, la corrección política actual desaprueba que comparemos a los homosexuales con personas enfermas o discapacitadas. En cierto sentido es verdad que no lo son, pues pueden llevar una vida perfectamente normal, exactamente igual que las personas heterosexuales. Pero al mismo tiempo es evidente que la homosexualidad es una desviación o alteración de un sentimiento con fundamentos biológicos indiscutibles, como es la atracción hacia el otro sexo. Este sentimiento solo puede equipararse en importancia a otros distintos si hacemos un ejercicio de frivolidad considerable. Lo cual, a despecho de la extendida homofobia que denuncia Vargas Llosa, es moneda corriente en la actualidad. Hemos pasado de la denigración  y persecución del homosexual (cosa ciertamente inhumana y deplorable) a una absurda exaltación, no exenta por cierto de hipocresía. Cualquiera que pretenda estar a la última dirá que no sentiría la menor contrariedad en caso de que un hijo le descubriera su homosexualidad, salvo por los problemas que le pudieran ocasionar los prejuicios sociales todavía existentes.

El segundo supuesto es mucho más insidioso, pues supone una condena moral apriorística de cualquier crítica contra la homosexualidad. La Iglesia, la institución más importante que se opone a la corrección política (no sin discrepancias en su seno), distingue perfectamente, para cualquiera que quiera escuchar, entre las personas homosexuales (dotadas de la misma dignidad irreductible que cualquier otro ser humano) y la conducta homosexual, que desaprueba profundamente. Se puede compartir o no esta postura, pero lo que no es válido, intelectualmente al menos, es tergiversar la esencia del mensaje cristiano. El mismo Jesús que desaprueba el adulterio es el que salva a una adúltera de la lapidación. Que hasta hace bien poco las sociedades cristianas, al igual que muchas otras, siguieran aplicando sanciones crueles o desorbitadas en materia de moralidad sexual, no demuestra que esa crueldad sea atribuible al cristianismo, ni demuestra que esa moralidad (la desaprobación de la promiscuidad, de la homosexualidad, etc) sea en sí misma condenable, y debamos entronizar unos valores antitéticos. Que en algunos países bárbaros corten la mano a los ladrones no significa que el robo deba ser considerado uno de los derechos humanos. Que en esos países también ahorquen a los homosexuales, no significa que debamos promover la homosexualidad, enseñando a los jóvenes desde la más tierna infancia que es una cosa estupenda. Que los nazis recluyeran a los comunistas en campos de concentración no significa que criticar el comunismo nos acerque a posiciones nazistoides.